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martes, 15 de abril de 2025

El manifiesto por otro Comité de No Intervención en España


 

En 1936, tras el golpe de estado fascista contra la II República que inició la Guerra Civil, la República pidió auxilio a los países que podían apoyarla. El gobierno de José Giral solicitó a Francia y Reino Unido su asistencia con medios materiales (armas, municiones, aviones) para parar a unos sublevados que desde primera hora desplegaron el armamento que recibían de la Alemania nazi. Sin embargo, el gobierno británico no quería despertar la ira de Hitler, que ya les desafiaba violando el Tratado de Versalles. Los británicos creyeron, en su infinita sabiduría, que mejor sería apaciguar a Hitler y no socorrer a la República.

Así, en nombre de preservar la paz en Europa, se instauró el Comité de No Intervención en España. Francia cerró su frontera con España y privó a la República de armas para poder defenderse. Mientras tanto, el III Reich suministraba armamento sin freno a los franquistas, dándoles una ventaja decisiva. El Comité de No Intervención quedó reducido a una farsa al servicio de Franco. Lift the Embargo!, exigían manifestaciones solidarias con la República en Nueva York mientras la Legión Cóndor arrasaba Gernika.

El resto es tristemente conocido. En palabras del historiador Enrique Moradiellos, “sin el asfixiante embargo de armas impuesto por la política europea de No Intervención y la consecuente inhibición de las grandes potencias democráticas occidentales, es altamente improbable que la República hubiera sufrido un desplome interno y una derrota militar tan total, completa y sin paliativos.”

El apaciguamiento no sació las ansias imperiales de Hitler, envalentonado por la falta de oposición de las democracias. Cuando en 1938 se anexionó Austria, para los británicos seguía siendo necesario calmar la situación. Meses más tarde, en Múnich, Reino Unido y Francia aceptaron la anexión nazi de los Sudetes checoslovacos a cambio de frenar sus demandas, sin contar con la opinión del país afectado, y lo celebraron como una victoria diplomática que asentaría la paz. Igualmente, en marzo de 1939, Hitler ocupó el resto del país, rompiendo el pacto de Múnich, mientras seguía rearmándose. Lo que ya era inevitable se desencadenó antes de acabar el verano.

Los teléfonos levantados, las estrategias diplomáticas y las acciones impulsadas, que no iban acompañadas de capacidad material de imponer consecuencias a Hitler si violaba los acuerdos, fueron en vano. Esa ilusión de diplomacia que alimentó Hitler en británicos y franceses fue una mera herramienta para lograr concesiones o ganar tiempo para imponer más tarde su plan.

Preferiría pensar que las lecciones se aprenden. Pero Gramsci acertó al escribir que “la ilusión es la mala hierba más tenaz de la conciencia colectiva, la historia enseña, pero no tiene alumnos”.

Casi 90 años después de ese Comité de No Intervención, se ha publicado un manifiesto de los que no se resignan a la guerra en Europa, proclaman, como si no hubiera ya una guerra en marcha en Europa, sin ni siquiera tener a bien mencionar a la agredida Ucrania. Se trata de un ejercicio de lanzar preguntas al aire sin buscar respuestas, dando una ilusión de profundidad, pero que se queda en un juego superficial de aparentar que se reflexiona, sin evidencia alguna de que se haya profundizado en los hechos, sino que se enuncia una caricatura simplista de la realidad.

Considero que el resultado es un ejercicio de frivolidad desacomplejada de negar cuanto hay de disonante en la realidad. Como si Putin no tuviera ya en su haber un reguero de conflictos bélicos, de operaciones de guerra híbrida y, particularmente, de rotura de acuerdos. También les da igual que Rusia extienda redes de propaganda por la Unión Europea, aspirando a disgregarla, y obvian a los aliados europeos que sí están geográficamente cerca de Moscú, que transmiten señales de alarma desde hace años, a pesar de que hay tropas españolas desplegadas en Letonia desde 2016… en misión disuasoria.

Los firmantes exigen comprar la paz con cualquier concesión que sea pedida y confiar en la palabra de Putin de portarse bien (ah, diplomacia), sin desarrollar condiciones materiales que le incentiven a respetar lo acordado. La no intervención para conservar la paz.

Invitaría a los firmantes a pensar cómo sería el escenario en el que nos encontraríamos si, tras apaciguar a Rusia en los términos que exigiera, Putin considerase que no pasará nada por saltarse lo pactado, otra vez, porque Europa no tiene herramientas para que tenga consecuencias. Otra vez.

 Pro-Ukraine protesters outside the U.S. embassy in Warsaw


Artículo publicado originalmente en elDiario.es/opinionsocios

miércoles, 5 de junio de 2013

¿Sueñan los obispos con ovejas consagradas?

La iglesia católica, milenaria institución siempre afanada en recordarnos las bondades de su divina misión en el mundo, salvarnos de nosotros mismos, anda lanzada a una implacable cruzada de reconquista para incrustar en las leyes (que por lo visto son más accesibles que las conciencias ciudadanas), su recto orden moral.

Hubo un tiempo en el que las conspiraciones encabezadas por la iglesia se urdían con la delicadeza de un iceberg surcando los mares a la deriva: un bloque gélido y formidable que oculta la mayor parte de su volumen, silencioso y capaz de destrozar a su víctima si esta se despistaba y tardaba demasiado en reaccionar. Históricamente se encuentran numerosas ocasiones en las que han naufragado aquellos que han intentado de una manera u otra socavar la teológica autoridad o el mundano poder del clero: Galileo, los cátaros o  todos aquellos que fueron alumbrados por la luz de las hogueras de la Inquisición gozaron con mayor o menor éxtasis de la firme mano de los subalternos del Papa de Roma.

En la actualidad las sutilezas han dejado paso a las vivas exigencias tronadas a los micrófonos que exigen que se avance en la aplicación de las doctrinas católicas en todos los ámbitos abarcables, sin permitir que se cuestione ningún privilegio existente. Empezando por la casilla para la Iglesia católica en la declaración de la renta. Ahí están también los diferentes arzobispados manteniendo la pugna por evitar pagar el IBI a los ayuntamientos, como si sus posesiones no fueran de este mundo. O al gobierno central con una reforma educativa que mantendrá la asignatura de religión agarrada al currículum escolar y las subvenciones a los centros escolares que separen a los niños en función del sexo, política que cuenta con el aplauso entusiasta de la Generalitat.

Desde la conferencia episcopal se apunta a los objetivos de esta nueva guerra santa: extender los dominios de la moral del rosario a los cuerpos de las mujeres para arrebatarles ese pecaminoso derecho a decidir sobre su cuerpo, partiendo para todo análisis de la situación de la ciencia teológica, aquella que emana de un libro escrito hace miles de años, cuando la alquimia era una incipiente filosofía revolucionaria, descartando todos aquellos avances en el conocimiento del universo que hubieran podido desarrollarse a posteriori, pues cuestionar la autoridad de lo antiguo sería un vanidoso desacato a la tradición.

¿Dónde se encuentra el límite? Constitucional o no, también se insiste contra viento y marea en derogar los matrimonios entre personas del mismo sexo. Declarar nulos algunos matrimonios ya fue una conquista de la curia católica en el siglo pasado: después de lograrse la aprobación del divorcio durante la II República y de que miles de personas ejercitaran su derecho a separarse y rehacer su vida o casarse de nuevo como les diera la gana, los obispos lograron durante la dictadura la derogación de la ley del divorcio para imponer la voluntad de las sotanas, obligándose a todos los divorciados a volver a sus anteriores matrimonios, algunos de los cuales llevaban años completamente finiquitados, bajo pena de cárcel por abandono de quien se resistiera. Así se impuso la doctrina cristiana de nuevo, por medio de la ley.

Es por ello que la vindicación de un estado laico desgraciadamente ha de mantenerse vigente hoy en día, debido a que aún no se ha logrado: la influencia de las esferas religiosas sigue siendo muy fuerte y su presión se hace notar en todas las capas de la sociedad y del estado, combatiendo por llevar su moral no a los creyentes sino a toda la sociedad, comulgue o no con sus dogmas. Es por ello que hay que seguir luchando por la separación del estado y la iglesia.


Luis Iglesias 

Publicado también en:

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Espainiako Kultura





La gastronomía, como la paella valenciana, los quesos asturianos o el vino de Rioja, son un componente de la cultura de España, arraigados y resultado de la evolución de los usos y costumbres sociales a lo largo de generaciones.

Las cuevas de Altamira, el Guernica de Picasso o las pinturas negras de Goya son parte del patrimonio cultural de España, un patrimonio pictórico de valor incalculable que se cuida y se promociona con todo el cuidado posible.

El flamenco, los carnavales de Santa Cruz de Tenerife, el aurresku o las muñeiras son parte del patrimonio cultural de España. Difícilmente se podrían concebir buena parte de las fiestas tradicionales de cualquier punto de nuestra geografía sin considerar sus danzas típicas y sus celebraciones más características y arraigadas socialmente.

La Plaza Mayor de Salamanca, el castillo gótico de Bellver, la catedral de Santiago de Compostela o las casas colgantes de Cuenca son parte del patrimonio cultural de España. Son iconos de la historia y los paisajes urbanos de nuestras ciudades y son constantes los cuidados que se les dedican para evitar cualquier deterioro.

Los idiomas vasco, asturiano, catalán, gallego y castellano, así como su riqueza dialectal, son parte de la cultura de España y su mantenimiento y cuidado tiene unas necesidades de la misma forma que las tienen los edificios que necesitan reparaciones o los cuadros que requieren una restauración. Ignorar estos requerimientos desde las instituciones conlleva ser partícipe de su degradación, más aún cuanto mayor sea la responsabilidad en el ámbito cultural de cada uno, y de la ofensa no ya a sus hablantes, cosa harto fácil de pronosticar que ocurrirá, sino a cualquier persona que aprecie la profusa variedad lingüística del país, porque es patrimonio de todos.

Propuestas como la del señor Wert (récord absoluto de ministro peor valorado desde la transición), van no solo en contra de toda lógica lingüística, social y cultural del país del que, muy a pesar de una desbordante mayoría de ciudadanos, es ministro, sino que se remite a una antediluviana concepción del mundo anclada en el la unidad de destino en lo universal, en la uniformidad a ultranza según las tesis de un arcaico nacionalismo españolista acomplejado que interpreta la diversidad como amenaza y la variedad como vil disgregación.

Querer imponer una lengua única para todo el estado no ha funcionado y no funcionará jamás mientras exista en España el culto del amor desinteresado a la belleza (como sentenciaba una misiva enviada al dictador Primo de Rivera por decenas de escritores en lengua castellana, entre ellos Manuel Azaña), algo que está muy lejos de ser posible de legislar por arrogantes mayorías parlamentarias, o de poder instaurarse por monarquías absolutistas o regímenes totalitarios centralistas.

Luis Iglesias




También en: 
Reus Digital 
Unidad Cívica por la República 
Crónicas de Béjar 

miércoles, 25 de abril de 2012

Abril

Hay días del calendario que, por años que pasen, siguen y seguirán manteniendo viva en nuestros corazones una llama de rebeldía, un haz de luz que, por oscuros que pudieran tornarse los tiempos en los que nos toque vivir, ilumina el espacio en el que albergamos la esperanza por un futuro mejor, la certeza de que un mundo más justo es un ideal alcanzable y por el que merece la pena luchar. Todo esto se conjura en abril. El mes en el que estalla la primavera definitivamente.

Explotaron las calles de toda España en estas fechas. Era un martes del abril de 1931 el día en que, por segunda vez, la República fue proclamada en plazas y avenidas entre el júbilo de millones de personas. El día en que el pueblo se sacudió de encima, ya sumido en una fiesta, un régimen autoritario que duró demasiado. No será tampoco casualidad que fuera un mes de abril cuandoAzaña, Domingo, Casares Quiroga y otros miles de hombres y mujeres más fundaron el partido Izquierda Republicana.

Es el 23 de abril una jornada que acapara en sí multitud de eventos. Se celebra por todo el mundo el Día del Libro, fecha para reconciliarse con la lectura o ampliar horizontes buscando nuevos títulos. Castilla reivindica la figura de los comuneros caídos contra el absolutismo, más al este se festeja el Día de Aragónmientras la vecina Cataluña se entrega a la celebración de su día de Sant Jordi con el bullicio de ramblas y avenidas, redescubriéndose este día año tras año entre rosas y nuevos libros.

Y también hay claveles, que tuvieron su propia revolución. Fueron los portugueses quienes marcaron una fecha imborrable para todos los que luchan contra la opresión al derrocar en 1974 la dictadura más vieja de Europa, régimen el cual se derrumbó en cuestión de horas. Era el 25 de abril (un día que Italia conmemora su ‘Día de la Liberación’ tras la Segunda Guerra Mundial), cuando los soldados portugueses que se levantaban contra sus tiranos lucían las flores en los cañones de las armas.

Se cumplen 38 años del hito portugués. Ahora, los habitantes de unos y otros rincones del territorio ibérico, en la Europa del euro, padecemos los negros nubarrones de la crisis que hacen languidecer no ya la economía, sino la sociedad entera. Ahora, como desde los años 40 a mediados de los 70 del siglo pasado, pareciera que nuestros caminos siguen discurriendo paralelos, atravesando una densa y plomiza niebla en la que ni se aventura una salida ni se sabe cómo de lejos queda, siendo los padecimientos, en forma de recortes al estado y a los servicios públicos, el pan de cada día. Tanto es el malestar causado en Portugal por la situación que hay muchos que han renunciado a las conmemoraciones institucionales por el aniversario de la Revolución, como signo de protesta ante la deriva del país, que está desmontando, por imposición de una troika económica que manda más que su gobierno democrático, todo lo que se construyó desde esa fecha. Y muchos ya se preguntan, ¿hace falta un nuevo 25 de abril? Reinventar el impulso que supuso aquella fecha, el romper con las ataduras que se arrastraban, ¿vuelve a ser algo necesario?

Una pregunta que lanzada desde las orillas del atlántico, retumba por toda la península, buscándose en todas partes la respuesta, pues el diagnóstico de los problemas que atravesamos es compartido con Portugal. Quizá sea momento de poner en común la búsqueda de soluciones conjuntas como vía para consolidar una salida más allá de esta calamidad. Cabe recordar que estamos en abril, mes que invita a abstraerse por un momento en recordar aquellos eventos y jornadas en las que uno se reinventa y saca lo mejor de sí mismo para echar abajo las barreras que nos separan del progreso. Hay que conjurarse a ese rayo de esperanza, a esa certeza de que hay otra forma de construir el futuro. Los republicanos, demócratas a uno y otro lado de la frontera entre España y Portugal (frontera que cada día separa menos), hayamos en este mes motivos sobrados de inspiración para buscar remedios a la situación actual, que presentan misma valoración e idéntica deriva. Como ya hicimos todos, en un mes de abril.

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